Logo de Confidencial Digital

PUBLICIDAD 4D

PUBLICIDAD 5D

Un asesinato con la marca de Auschwitz

La muerte de Brooklyn Rivera fue resultado de haber sido sometido a condiciones carcelarias inhumanas, a privaciones y torturas

Fotoarte con imágenes de antes y ahora (postrado en una cama de hospital) del líder indigena miskito Brooklyn Rivera. | Fotoarte: Confidencial

Silvio Prado

AA
Share

Una vez más hay que decirlo: al igual que los seis prisioneros anteriores, Brooklyn Rivera no “murió”; fue asesinado por la mano de un régimen criminal que hizo de todo para matarlo. Su muerte no ha sido un hecho fortuito, como le ocurre a quien estaba en el lugar equivocado y en el momento equivocado. Tampoco fue sobrevenida, como a quien le da un infarto o sufre un derrame cerebral masivo. Ni fue producto del desenlace fatal de una larga enfermedad. No, la muerte de Rivera fue resultado de haber sido sometido a condiciones carcelarias inhumanas, a privaciones y torturas que lo llevaron a un estado de deterioro físico (no sabemos si también mental), igual al sufrido por las personas encerradas en los campos de exterminio nazi, como el de Auschwitz.

No hay personas normales a quienes no se les haya encogido el corazón al ver las fotografías de líder miskito reducido a escombros. Imposible no asociar las imágenes del hombre agonizante con las de los muertos vivientes rescatados de los campos de concentración nazi: la piel de la cara pegada al cráneo como una máscara, la expresión sin vida de los ojos desorbitados y la boca entreabierta como tratando de atrapar los últimos gramos de aire. Todo hizo pensar en las escenas mil veces repetidas de aquellas personas que miraban a la cámara cuando fueron rescatadas con una mezcla de estupor y espanto, como si el horror contenido en los cuerpos no daba permiso a muestras de alegría.

Aquellas fotos dejaron cicatrices en forma de valores en la conciencia de la humanidad fijando las líneas rojas del Nunca Más. Son los mismos valores que se revolvieron ante los horrores de las guerras que siguieron y ante el genocidio más reciente contra el pueblo palestino. Por eso, señoras y señores lectores, Ustedes sintieron un rechazo visceral ante las imágenes del despojo humano de Brooklyn Rivera. No fue una reacción racional; fue instintiva porque apeló a algo tan consustancial a la vida como la dignidad humana, a los códigos morales mínimos que atraviesan todas las ideologías religiosas y políticas que tienen al ser humano en el centro de sus postulados. Salvo de los psicópatas.

Porque hay que ser psicópatas, y por añadidura cínicos, para actuar de la manera con que la dictadura lo ha hecho en el caso de Brooklyn, sin que les importara el mal que estaban causando. Si se hiciera un gráfico de la maldad como lógica de gobierno, el punto cero sería la negativa a permitir su regreso a Nicaragua. A partir de entonces aplicó una estrategia incremental en los niveles de saña cada vez más mayores: la captura por esbirros disfrazados de personal médico y el transporte en ambulancia para evitar las protestas de la población miskita; luego la desaparición forzada en centros de torturas en condiciones inhumanas y a merced de sus captores durante 971 días.

En este período de casi tres años, el primer comunicado de la dictadura reveló que estuvo hospitalizado en dos ocasiones pero en ninguna de ellas se informó a su familia y, menos aún, le fue concedido el arresto domiciliario, o vista su gravedad, su puesta en libertad por razones humanitarias. ¿Por qué? ¿Por qué una persona en condición de desaparecida, sin acusación formal ni juicio de por medio, no mereció regresar a su casa y pasar sus últimos días con su familia? El siguiente tramo del mapa de la crueldad fueron las fotos en estado cadavérico del prisionero, haciendo saltar por los aires el derecho a la intimidad y la dignidad del paciente. ¿Quién habrá sido él o la desalmada que tuvo la “brillante idea” de publicar las fotos y el comunicado? En vez de la prueba de vida que pedían los familiares desde el mismo momento de su captura, la dictadura dio pruebas de muerte tres días antes de reconocerla oficialmente el 30 de mayo. Una vez más un día de las madres cubierto de luto.

Como colofón del mapa, el segundo comunicado de la dictadura reconociendo la muerte de Brooklyn, llamando “hermano” al asesinado y elevando oraciones por su “tránsito al Otro Plano de la Vida” (Sic), y para mayor escarnio, un entierro lejos de su tierra de origen encabezado por sus verdugos políticos. Este comunicado es una oda al cinismo, propio de una persona con graves problemas cognitivos que pretende borrar con declaraciones de pseudo duelo sus acciones pasadas (incluso las recientes), como si otra persona hubiera sometido al suplicio a Rivera. ¿Alguien imagina a Putin condoliéndose por el asesinato en prisión de Navalny, o de Trump por los asesinados por el ICE? Pero los Ortega Murillo viven el delirio permanente, matan y van al entierro.

Cuando los autores intelectuales y materiales de este y otros crímenes del orteguismo sean juzgados, las fotos, los comunicados y las peroratas de los co-dictadores serán evidencias auto inculpatorias, de la misma manera que en los juicios de Núremberg se aportaron las leyes y los discursos de los jerarcas nazis, para probar sus intenciones de perpetrar el exterminio colectivo de judíos, gitanos, comunistas y homosexuales, entre otros.

Hay que decirlo alto y claro, el dirigente miskito, -el Ta upla, lo llaman los suyos- no encontró la muerte por casualidad, como el personaje de Muerte en Samarra. Brooklyn fue asesinado siguiendo un plan metódico de encierro, torturas y privaciones que lo fueron destruyendo (“se lo fueron comiendo”, según una dirigente miskita) hasta convertirlo en el despojo agonizante que vimos el 27 de mayo, como recién salido de Auschwitz.

Un crimen más en la cuenta de la dictadura Ortega Murillo, un crimen con mensaje incluido para aliados potenciales que todavía creen que se puede convivir y hacer negocios con los déspotas; para los cómplices que creen que pueden progresar medrando las migajas del poder; y muy en particular, para quienes han estado tentados de garantizar la impunidad a los dictadores a cambio de elecciones y cuotas de poder que abran la transición hacia la nueva Nicaragua.

PUBLICIDAD 3M


Tu aporte es anónimo y seguro.

Apóyanos para que podamos seguir haciendo periodismo independiente en el exilio. Tu contribución económica garantiza que todas las personas tengan acceso gratuito a nuestras publicaciones.



Silvio Prado

Silvio Prado

Politólogo y sociólogo nicaragüense, viviendo en España. Es municipalista e investigador en temas relacionados con participación ciudadana y sociedad civil.

PUBLICIDAD 3D