La salida es hacia adentro
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La lengua vive también en las canciones. No es casual que Gabriel García Márquez dijera que le habría gustado “escribir Pedro Navaja”
El cantautor panameño Rubén Blades depositó sus míticas maracas y un manuscrito con la letra de la canción "Patria" en la Caja de Letras del Instituto Cervantes. Foto tomada de la página de Facebook de Centroamérica Cuenta.
Autoridades, amigos, amigas, querido Rubén Blades, una alegría estar aquí.
Hay artistas y escritores que no solo crean obras sino que crean espacios de conciencia compartida. Y quizá esa sea una de las razones profundas por las que hoy nos encontramos aquí, en Ciudad de Panamá, en el marco de Centroamérica Cuenta, para recibir el legado que Rubén Blades deposita para la Caja de las Letras del Instituto Cervantes.
Nuestra Caja de las Letras, la antigua cámara acorazada del Banco del Río de la Plata que ahora es el edificio de nuestra sede, ya no custodia dinero o joyas, sino cosas con verdadero valor. Custodia voces, maneras de entender el mundo, herencias que una cultura decide preservar para conversar con el futuro.
Y bajo tanto ruido, pocas voces han sabido narrar el latido urbano, moral y sentimental de América Latina como la voz de Rubén Blades.
Pero quisiera comenzar también reconociendo la importancia de este espacio de encuentro impulsado por Sergio Ramírez. Centroamérica Cuenta ha logrado algo extraordinario como es situar a Centroamérica y al Caribe en el centro de la conversación cultural iberoamericana contemporánea, no como periferia, no como nota al margen, sino como territorio fundamental de creación, pensamiento y memoria. Porque durante demasiado tiempo ciertos relatos culturales internacionales miraron al Caribe y a Centroamérica únicamente desde el exotismo, la violencia o la simplificación geopolítica. Y sin embargo, desde estas tierras han surgido algunas de las voces literarias, musicales y éticas más poderosas del mundo hispánico contemporáneo.
Recuerdo además con emoción la intervención de Sergio Ramírez en el anterior Congreso Internacional de la Lengua Española celebrado en Panamá en 2013. Muchos la recordamos como algo más profundo que una conferencia. Fue una verdadera defensa apasionada de la lengua española y de la libertad de la palabra. Y pienso también en la presencia hoy aquí de Gioconda Belli, cuya poesía y cuya trayectoria representan igualmente esa tradición centroamericana donde la literatura no se separa nunca del cuerpo, de la memoria, de la justicia y de la esperanza.
En tiempos de simplificación, ruido y polarización, la literatura sigue recordándonos la complejidad de la experiencia humana. Y Sergio Ramírez ha defendido siempre, incluso en circunstancias difíciles, el derecho de la palabra a resistir frente al miedo, el autoritarismo y el olvido. Esa misma defensa de la complejidad atraviesa también la obra de Rubén Blades.
Porque Rubén Blades no solo escribió canciones, ya que amplió las posibilidades narrativas y culturales de la música popular caribeña. Desde Panamá, desde el Caribe y desde el Nueva York latino de la diáspora, convirtió la salsa en crónica urbana, conciencia histórica y comunidad emocional transnacional. Con Fania Records, aquella extraordinaria constelación musical que convirtió la experiencia latina de Nueva York en un idioma compartido por todo el continente, la salsa dejó de ser únicamente una música de baile para posicionarse internacionalmente como relato, memoria y reflexión colectiva.
Y en ese proceso, canciones como Pedro Navaja cambiaron para siempre el horizonte cultural de la música popular en español. Porque Pedro Navaja no fue solo una canción. Aquí en Panamá, y fuera de aquí, Pedro Navaja fue un personaje literario, una escena cinematográfica, una filosofía popular del destino y, sobre todo, una forma de comprender que la lengua cotidiana y la cultura popular también puede contener literatura, ironía, crítica social y memoria colectiva. “La vida te da sorpresas…”, hemos cantado generaciones de hispanohablantes. Una de las grandes sorpresas de la cultura hispánica contemporánea quizá haya sido descubrir que una canción, nacida del ritmo caribeño, podía contener también la densidad narrativa de la gran novela urbana latinoamericana. No es casual que Gabriel García Márquez dijera que le habría gustado “escribir Pedro Navaja”. Ni que generaciones posteriores, desde Joaquín Sabina hasta Bad Bunny, hayan dialogado con ese imaginario.
Porque los grandes personajes culturales sobreviven a sus obras y Pedro Navaja dejó hace tiempo de pertenecer únicamente a la salsa para instalarse en la imaginación colectiva latinoamericana.
Pero quizá lo más admirable de la trayectoria de Rubén Blades sea que nunca separó el arte de la responsabilidad ética. En canciones como Plástico (Siembra, 1978) denunció el vacío del consumismo y la pérdida de identidad cultural mucho antes de que esas discusiones ocuparan el centro del debate contemporáneo. En Desapariciones (Buscando América, 1984), convirtió el dolor de las dictaduras latinoamericanas en memoria colectiva y en pregunta moral todavía abierta. En El padre Antonio y el monaguillo Andrés (también del álbum Buscando América, 1984) llevó a la música popular el eco ético del arzobispo Óscar Romero y de quienes defendieron la dignidad humana frente a la violencia (…Al padre lo halló la guerra un domingo de misa/ Dando la comunión en mangas de camisa/ En medio de un padre nuestro el matador/ Y sin confesar su culpa le disparó…).
En Amor y control (canción del álbum homónimo, 1992) recordó que también la fragilidad, la enfermedad, la familia y el cuidado forman parte de la experiencia social de nuestros pueblos. Y en canciones como “Patria” nos enseñó a sentir los vínculos de nuestra comunidad. Aquí, junto a Claudia Neira, Gioconda Belli, Sergio Ramírez y Tulita, me gusta recordar estas palabras cantadas: “Patria son tantas cosas bellas, son las paredes del barrio, es su esperanza morena, no memorices lecciones de dictaduras o encierros, la patria no la definen los que suprimen a un pueblo”.
La ética de Rubén Blades nunca renunció al placer de la música, al baile, a la celebración compartida. Como él mismo dijo en una entrevista en Rolling Stone: “Aunque no estemos de acuerdo… podemos disfrutar”. Tal vez ahí resida una de las lecciones más profundas de su obra: la cultura como conversación, como espacio común incluso en el desacuerdo; la música y la literatura como lugares donde todavía es posible reconocernos unos a otros.
Por eso este legado tiene también un valor simbólico extraordinario para el Instituto Cervantes. La lengua española no vive solo en los diccionarios, en los libros o en las epidemias, horribles blasfemias de las academias, como escribió otro Rubén, nuestro Darío. La lengua vive también en las canciones, en la oralidad popular, en los barrios, en las historias compartidas y en la memoria emocional de quienes encuentran en la cultura una forma de comunidad.
Querido Rubén, gracias por haber convertido la música en una forma de conversación moral con nuestro tiempo. Gracias por haber llevado a Panamá, al Caribe y a toda América Latina al corazón cultural del mundo hispánico contemporáneo. Y gracias por confiar hoy parte de esa memoria a la Caja de las Letras del Instituto Cervantes, para que siga dialogando con el futuro desde la palabra, desde la música y desde la emoción.
*Palabras del director del Instituto Cervantes al recibir el legado de Rubén Blades en la Caja de las Letras en Panamá, 24 de mayo 2026.
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Director del Instituto Cervantes desde 2018. Es catedrático de Literatura Española en la Universidad de Granada, en la que ha desempeñado diversos cargos como la dirección del Secretariado de Extensión Universitaria. Poeta, narrador y ensayista. Ha recibido, entre otros, el Premio Nacional de Literatura (1994), Premio Nacional de la Crítica (2003), Premio del Gremio de Libreros de Madrid (2009), Premio Poetas del Mundo Latino (México, 2010), Premio Ramón López Velarde (México, 2017), Premio Paralelo 0 (Ecuador, 2018), Premio Internacional Carlo Betocchi (Italia, 2020) o Premio Internacional de Poesía Antílope Dorado (2021, China).
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