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La justicia se cuela como valor central de nuestra cultura política, no puede haber transición a la democracia sin justicia, ni justicia sin memoria

La mayoría de las primeras víctimas de la masacre de 2018 en Nicaragua eran jóvenes. 25 de ellos fueron asesinados el 20 de abril.
Hay países que prefieren olvidar, otros recuerdan.
Pero hay países que además de recordar el pasado,
lo juzgan.
Claudia Piñeiro
Confieso que cuando terminé de leer el artículo de la escritora arriba citada, publicado en ocasión del 50 aniversario de la instauración de la dictadura argentina me sentí directamente interpelado. Y en el octavo aniversario de la rebelión ciudadana de abril aún más. ¿De qué lado de la historia colocarse? ¿De quienes prefieren olvidar dejando correr el agua mansa de los años, o de quienes optan por recordar para armar lo que la autora enfatiza como memoria ética? A ocho años del inicio de las masacres, no podemos recordar solamente para ahondarnos en el dolor. Tenemos que ser capaces de recordar para construir la verdad judicial. Lo contrario sería desmovilizarnos, traicionar a los asesinados y al resto de víctimas de la dictadura.
En una primera impresión, en este octavo abril, a diferencia de los anteriores, hay tres ideas que han estado presentes en los distintos tipos de mensajes lanzados para la fecha: memoria, justicia y esperanza. Será porque las tres son inseparables, una lleva a la otra y la siguiente vuelve a la primera.
La memoria, por definición es enemiga del olvido. El olvido, o en su versión manipulada, la mentira, es el propósito de la dictadura, empeñada desde el inicio en fabricar lo que los trumpistas han llamado los hechos alternativos o la post verdad. Para muestra la narrativa inútil de la dictadura tratando de instalar en la opinión pública nacional e internacional que las protestas de abril fue un intento de golpe de Estado orquestado por los Estados Unidos. Peor aún: que los asesinatos no ocurrieron o que fueron auto infligidos, que los presos eran traidores a la patria y que los exiliados elementos descartables que no tenían derecho a vivir en el país.
Sin memoria, es decir sin acreditación de los hechos, prevalecerían las infamias, la insidia se convertiría la norma y la historia oficial de los dictadores sería la historia que se transmitiría a las futuras generaciones. Sin memoria, sin pruebas documentadas, la dictadura aseguraría su impunidad.
Y aquí entra el otro componente de la trilogía: la justicia. Si la memoria no allana el camino a la justicia, la memoria se convierte en una ritualidad estéril, en ejercicios retóricos que recuerdan, pero no previenen contra la repetición de los crímenes que han salpicado de sangre tantas veces en nuestra historia. Por eso esta vez la justicia ha escalado a lo más alto en las reivindicaciones por la recuperación de la democracia. Incluso podría afirmarse que por primera vez la justicia se ha colado como valor cardinal de nuestra cultura política, en la misma medida que la exigibilidad de los derechos humanos se ha convertido en el eje en torno al cual se libra la lucha contra la dictadura.
Como subrayaba hace un poco un miembro del Colectivo Nicaragua Nunca Más, no puede haber transición a la democracia sin justicia, ni justicia sin memoria.
Pero nada de lo anterior sería posible sin la esperanza, dicho así en singular. Si la memoria ética viene a ser la relectura moral del pasado, y la justicia por los crímenes de las dictaduras es una carrera de obstáculos a largo plazo, la esperanza es la apuesta estratégica que alimenta la confianza en la recuperación de nuestro país. Vista así, la esperanza es la brújula que da sentido a los esfuerzos por la preservación de la memoria, y la procuración de la justicia. Esta es la esperanza que, como proclama Gioconda Belli, crea realidades, la que no espera que los cambios lluevan del cielo, sino que mantiene fijo el rumbo para lograrlos. Lo opuesto, la pérdida de la esperanza sería la resignación; es decir, la renuncia a seguir luchando, incluida renuncia a la justicia, y por ende dejar en el olvido los hechos documentados.
Si después de ochos años estos tres conceptos han ligado en los mensajes del exilio, es porque hemos sabido mantener con vida a la esperanza, a pesar de las campañas de la dictadura dentro y fuera del país para infundir miedo, para que cada vez haya menos personas dispuestas a denunciar o dar testimonios sobre las olas represivas. Pero según se deduce de las innumerables actividades conmemorativas de este octavo aniversario en distintos países, la dictadura ha fracasado. La esperanza que alimenta la moral de lucha sigue gozando de buena salud.
Sin embargo, todavía hace falta que algunas expresiones políticas de la oposición se tomen en serio los trabajos de memoria y justicia, y se comprometan con la esperanza. La historia enseña que cada vez que ha tocado salir de una crisis de régimen político, la primera víctima de los pactos ha sido la justicia a la sombra del pragmatismo; las iniciativas de memoria han sido menospreciadas o simplemente tiradas a la basura; y el compromiso con la esperanza ha sido apuñalado en la primera mesa de tragos de pactistas a quienes solo preocupa repartirse cuotas de poder. Son los organizadores del olvido denunciados por Juan Gelman.
Pero como la esperanza también es elusiva, en caso de que ello ocurra, le tocará buscar refugio en una sociedad civil que, si bien no está en su mejor época, estos años en el desierto le habrán permitido recalibrar la importancia de la autonomía respecto a los partidos. La multiplicación de organismos sociales después de 2018, cuya bandera es la defensa de los derechos humanos, podría ser decisiva para frustrar eventuales posiciones favorables al trueque de impunidad por cuotas de poder en nombre la paz.
Esta vez a la dictadura habrá que juzgarla probando sus culpas ante los tribunales nacionales o internacionales. Con un régimen que ha demostrado su inhumanidad todos los días, no podemos confiar en la expiación de sus culpas en ninguno de las otras tres esferas establecidas por Karl Jaspers para el caso de la responsabilidad política de Alemania después de 1945. En la política ya vimos que resulta muy arriesgado; en la moral es imposible con una dictadura plagada de psicópatas; pero tampoco en la metafísica con sujetos que se han auto ungido en dioses. La única esfera posible es la penal.
Es duro decirlo, pero a ocho años de abril la única posibilidad cierta de que la esperanza sobreviva, y que la memoria sirva para sentar en los tribunales a los culpables de las masacres de abril, está en la capacidad de una sociedad civil para reconstruirse a sí misma. Es la parte del país que, entre olvidar y recordar, optará por recordar para juzgar.
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Politólogo y sociólogo nicaragüense, viviendo en España. Es municipalista e investigador en temas relacionados con participación ciudadana y sociedad civil.
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