Ocho abriles manteniendo vivas la Memoria, la Justicia y la Esperanza
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En el mejor de los casos, el aislamiento diplomático ruso parece estar llegando a su fin y en el peor estamos a las puertas de una conflagración bélica
Una fotografía de las Fuerzas Armadas de Ucrania. EFE | Confidencial
El año 2025 está marcando un punto de inflexión, revelando tendencias inquietantes en el ámbito de las relaciones internacionales. Los conflictos armados interestatales han regresado y el autoritarismo se encuentra en pleno auge.
La continuación del conflicto armado entre Rusia y Ucrania es prueba de ello y ha coincidido con el ejercicio de hostilidades entre Israel e Irán, India y Pakistán, y más recientemente Tailandia y Camboya. A lo anterior debemos agregar la posibilidad latente de un conflicto en el Mar del Sur de China entre China y las Filipinas o una posible guerra por Taiwán, así como las tensiones actuales en torno a Venezuela. Tampoco podemos olvidarnos de las alegaciones de genocidio en Gaza, Ucrania, Myanmar y Xinjiang.
El autoritarismo también está más vivo que nunca. El estándar de permanencia de los gobiernos de facto recientemente establecidos en África y otros de data algo más larga en América Latina son prueba de su viabilidad en el tiempo. El modelo parece desconocer de ideologías, tal y como ha quedado demostrado con El Salvador.
Ambas tendencias condicionan el ejercicio de las relaciones internacionales. El objetivo planteado de trascender de un modelo Estado-céntrico a uno focalizado en el individuo, en el ser humano, parece estar cada vez más distante. Estamos más bien ante una involución del sistema, pues la coyuntura retrotraerá el modelo al siglo XIX y a las dinámicas de poder que llevaron al mundo a dos conflagraciones bélicas mundiales. Esto no siempre fue así; durante buena parte del primer cuarto del siglo XXI los conflictos interestatales y el autoritarismo parecían ser una cosa del pasado. Un nuevo modelo de Estado estaba en ciernes, en sustitución del Estado-nación. Incluso, el intelectual Philip Bobbitt vaticinó el surgimiento de un Estado-mercado, en donde la desregulación, la generación de las riquezas y las asociaciones público-privadas desplazarían al modelo de bienestar de los pueblos en donde el concepto de nación jugaba un rol fundamental.
El éxito de la Unión Europea parecía confirmar que estábamos rumbo a un nuevo modelo. La respuesta global a los atentados del 11 de septiembre de 2001 y los esfuerzos subsecuentes por contener a grupos terroristas no estatales que desconocían fronteras, también apuntaban en la misma dirección. La crisis financiera global de 2008 confirmó esta tendencia; las vulnerabilidades eran significativas, la globalización y la interdependencia llevaron a que el colapso del mercado de hipotecas estadounidenses deviniese en una recesión global, afectando a instituciones crediticias y a Estados en todo el mundo, reduciendo el comercio y las inversiones a escala mundial.
Para esa misma época, el mundo parecía abrazar una tercera ola de democratización. La primavera árabe acaparó la atención y la esperanza de muchos para luego devenir en la reinstauración de las estructuras autoritarias originalmente depuestas. El caos y la anarquía sobreviniente fueron demasiado, e hizo de la vuelta a la tiranía la fórmula ideal. En otras latitudes, el autoritarismo comenzó a ganar espacios, particularmente en sistemas democráticos. Solo es necesario visitar el libro el Ocaso de la Democracia de Anne Applebaum para comprender que el mundo democrático no estaba inoculado contra el virus del autoritarismo del siglo XXI.
La realidad es que el error de la vertiente pacifista y democrática consistió en subestimar a su contraparte. Su lógica consistía en que los arraigos nacionalistas desaparecerían con la globalización, dando paso a una suerte de sueño kantiano o a lo que Marshall McLuhan denominó la aldea global. Esto vendría acompañado de la consolidación de actores paraestatales y su inclusión en mecanismos multilaterales informales y paralelos. El G20, el G7 y el Foro Económico Mundial y sus reuniones de Davos reemplazarían a mecanismos tradicionales como las Naciones Unidas, la Organización Mundial de Comercio y sus diversos foros y cumbres. Los Estados continuarían siendo un actor importante, pero habría otros.
La respuesta de las fuerzas contrapuestas al cambio fue inmediata, pero a partir de febrero de 2022 – con la invasión rusa a gran escala en Ucrania – se hizo más que evidente. El cambio en el statu quo no era bienvenido por muchos, en particular por aquellos que defienden las dinámicas de poder. Para ellos, el Estado-nación debía seguir siendo quien ostentase el monopolio de la violencia – tanto a nivel interno como en el marco de las relaciones internacionales.
El modelo autoritario y guerrerista necesitaba de un revulsivo nacionalista, ya fuese en las urnas o en el campo de batalla o de la diplomacia. Con este estímulo, las fronteras nacionales y las dinámicas de poder tendrían un rol central. También se promoverían a los grupos étnicos, culturales o sociales en distintas latitudes – ya fuesen estos los WASP en Estados Unidos, los eslavos en Rusia o los han en China – como actores fundamentales en las dinámicas domésticas e internacionales. Estas tendencias se derramaron al sur global y a sus alternativas institucionales como el BRICS, la CELAC o la ASEAN, que le otorgarían primacía y centralidad al Estado-nación, independientemente de las credenciales autoritarias o las pretensiones hegemónicas de algunos de sus miembros.
En suma, las zonas de influencia han regresado y las dinámicas de poder parecen ser uno de los elementos centrales del modelo de diplomacia prevaleciente. Un buen ejemplo de esto es el acuerdo de paz entre Armenia y Azerbaiyán para poner fin al conflicto del Alto Karabaj bajo los auspicios del presidente estadounidense Donald Trump.
También lo es la reciente cumbre de Alaska entre los Estados Unidos y Rusia. Sobre este último punto, una analogía histórica viene a lugar. Mucho se ha hablado del Acuerdo de Múnich de 1938 y Checoslovaquia, y lo que significó previo a la segunda guerra mundial, pero poco se ha mencionado el tratado secreto de Viena de 1815 – negociado por Metternich, Castlereagh y Talleyrand. El mismo fue propuesto por el diplomático francés y puso fin al aislamiento diplomático de su país luego de las guerras napoleónicas. Ambos eventos no son un buen augurio. En el mejor de los casos, el aislamiento diplomático ruso parece estar llegando a su fin y en el peor estamos a las puertas de una conflagración bélica de grandes proporciones.
El panorama para este segundo cuarto del siglo XXI es sin duda incierto. La reemergencia de los conflictos interestatales y del autoritarismo pone a prueba las conquistas de la democracia, el multilateralismo y el derecho internacional. A pesar de sus múltiples contradicciones y evidentes límites, el orden internacional basado en reglas ha sabido sortear embates similares. La clave radica en afrontar los desafíos actuales con una visión estratégica – una que construya a partir de experiencias del pasado y que reafirme un compromiso planetario con la paz, la democracia y los derechos humanos. La realización de la máxima de Tucídides en el Diálogo de Melos, aquella que reza que “los fuertes hacen lo que pueden y los débiles sufren lo que deben” dependerá de nuestra capacidad colectiva para enfrentar las amenazas de las guerras, del autoritarismo y de los nacionalismos y devolvernos a un mundo regido por los valores y los principios del orden liberal internacional.
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Profesor e investigador asociado en la Universidad Católica Santa María La Antigua (Panamá). Abogado internacionalista y socio de la firma Bufete Illueca. Investigador en el Seminario Permanente sobre la influencia de China en América Latina de la Red Liberal de América Latina (RELIAL) e investigador asociado de Expediente Abierto.
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