El rezago de Nicaragua, ocho años después, detrás de Centroamérica
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Crónica de una familia nicaragüense obligada a exiliarse en 2018: el drama del éxodo y la resiliencia de una diáspora que no renuncia a su país
Foto: Inti Ocón | AFP
Vivir en emergencia permanente significa que la vida cotidiana se convierte en un campo minado de sobresaltos. No hay rutinas que duren, no hay futuro previsible, y lo único estable es la incertidumbre. En mi caso, todo cambió el 25 de abril de 2018.
Hasta entonces, éramos una familia como tantas: trabajo estable, hijas creciendo en un hogar seguro, la esperanza de un futuro ordenado. Pero ese día me ordenaron enviar a los trabajadores del Banco Central —donde ejercía funciones directivas— a la Rotonda Hugo Chávez, como parte de una demostración política de fuerza. Yo sabía lo que eso significaba: exponer vidas inocentes en medio de una ciudad insurreccionada, donde las noches estaban cargadas de violencia y miedo.
Me negué. Esa decisión marcó un antes y un después. El presidente del Banco Central, Ovidio Reyes, me despojó del cargo y, con él, de mi seguridad profesional. En cuestión de minutos me quitaron el teléfono, la computadora y la tranquilidad de poder seguir ejerciendo como economista.
Recuerdo llamar a mi esposo:
—Esto acaba de pasar —le dije, con la voz quebrada.
Su respuesta fue serena, pero lapidaria:
—Bueno, que sea lo que Dios quiera.
Ese fue el inicio de lo que hoy llamo vivir en emergencia permanente.
Desde entonces, lo previsible desapareció. Lo único claro era que debía proteger a mis hijas. La desconfianza hacia el régimen era total: sabía que eran capaces de todo, incluso de matar a su propia gente.
Empecé a tomar medidas drásticas. Dejé de viajar en el mismo vehículo que mi familia, para que, si algo me pasaba, ellas estuvieran a salvo. Abandoné rutinas: ya no iba a misa los domingos, no hacía las compras de la casa, salía lo menos posible. Guardé nuestras fotos en una caja y las envié a casa de mi cuñada: quería salvar, aunque fuera en silencio, lo que nos recordaba quiénes éramos.
En paralelo, comencé a preparar nuestra salida. Reuní documentos médicos, escolares y todo lo necesario para iniciar de nuevo en otro país. Era un plan del que solo se enteraron las personas en quienes confiábamos plenamente.
Migrar no es solo hacer maletas: es un salto al vacío. Es dejar atrás la tierra, la casa, los afectos más íntimos. En nuestro caso, salimos de madrugada rumbo al aeropuerto, con lo esencial a cuestas y con el corazón dispuesto a empezar otra vez.
El apoyo de la familia en Estados Unidos fue un salvavidas. Nos recibieron con cariño y, en medio de la desolación, logramos abrir un nuevo capítulo. Entre lo poco que llevamos, cargamos con las pinturas de Nicaragua que siempre habían colgado en nuestras paredes: pequeñas islas de pertenencia que nos recordaban que el hogar no está solo en un lugar físico, sino también en la memoria compartida.
Llegamos con visa de turistas y presentamos solicitud de asilo. La espera fue larga: seis años hasta tener la entrevista de miedo creíble. En medio de esa incertidumbre llegó, además, la desnacionalización de más de 300 personas opositoras en 2023, entre ellas yo. Esa medida nos golpeó doblemente: ya no solo estábamos lejos, sino que oficialmente nos habían borrado del país donde nacimos.
No fue un hecho aislado: fue parte de una estrategia sistemática de represión. El régimen Ortega-Murillo convirtió la persecución política en política de Estado, castigando con cárcel, exilio o despojo de la nacionalidad a quienes osaron disentir. Según cifras de la ONU, más de 600,000 nicaragüenses han abandonado el país desde 2018, protagonizando el éxodo más grande en la historia reciente de Nicaragua. Cada salida representa no solo una fractura familiar, sino también la pérdida de capital humano para una nación que expulsa a sus profesionales, jóvenes y líderes sociales.
A pesar de todo, nuestro balance en Estados Unidos fue positivo. Mis hijas perfeccionaron su inglés, mi esposo encontró un trabajo que disfrutaba y yo me incorporé a un empleo donde podía ayudar a otros, especialmente a los 222 desterrados que llegaron el 9 de febrero de 2023. Formamos comunidad, hicimos amigos entrañables y, por primera vez en muchos años, vivimos cerca de la familia de mi esposo. Celebramos cumpleaños, navidades y momentos cotidianos sin necesidad de tomar un avión.
Pero la vida en emergencia parece no dar tregua. Después de seis años en Estados Unidos, tuvimos que volver a empezar desde cero, esta vez en España. Otro proceso migratorio, otro desarraigo, otra reinvención. Ese capítulo lo dejaré para contarlo después.
El régimen Ortega-Murillo gobierna sembrando miedo. Ha obligado a miles de familias a tomar decisiones extremas: abandonar rutinas, ocultar fotografías, preparar salidas secretas. El exilio se convirtió en política y la patria en prisión.
Pero incluso en ese escenario, el pueblo nicaragüense ha demostrado una resiliencia que sorprende. En cada comunidad de migrantes, desde Costa Rica hasta Europa, florecen redes de apoyo, organizaciones cívicas, iglesias, colectivos culturales y grupos de solidaridad. El exilio nos ha quitado la tierra bajo los pies, pero no ha podido arrancarnos la raíz.
Yo creo que Nicaragua no está perdida: está viva en la memoria de quienes salimos y en la esperanza de quienes se quedaron. Está en las canciones que cantamos lejos, en los sabores que replicamos en cocinas extranjeras, en las historias que nuestros hijos escuchan para no olvidar de dónde vienen.
Vivir en emergencia permanente nos enseñó a resistir. Pero también nos prepara para algo más: para regresar algún día a un país donde la palabra “hogar” ya no signifique miedo, sino libertad.
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Economista nicaragüense, exiliada y desnacionalizada. Exgerente de Investigaciones Económicas del Banco Central de Nicaragua. Desde el exilio, colabora con varias organizaciones cívicas nicaragüenses.
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